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Me aburro en el curro

Y sucedió que la humanidad, siempre dispuesta a ir un paso más allá y pulsar el botón rojo, lo pulsó. El cataclismo, la hecatombe, y luego el silencio; de nuevo el viento se movía libremente por todo el globo, las montañas quedaron convertidas en simples colinas, los bosques en desiertos y las columnas de metal de las ciudades quedaron apiladas sin vida.

Pero el viento del desierto no acabó con toda la vida en el planeta, pues con lo que costó crearla, la vida siempre se resiste a desaparecer. En el centro de un antiguo conglomerado de acero y cristal, bajo tierra, en la semioscuridad del subsuelo mantienen una comunidad de trabajadores dedicados a un único fin: completar la aplicación. Cuentan que antes del fin del mundo exterior, cuando el sol no era sinónimo de muerte y el líquido no era un recurso difícil de encontrar existían muchas aplicaciones, nuevas y viejas, que se movían de un sistema a otro, evolucionaban y seguían el ciclo de programación. Pero ahora solo queda una aplicación. Y solo ellos, los restos de los programadores ancestrales, para cuidar de ella. Generación tras generación siguen modificando su código, adaptándolo y expandiéndolo, sin saber cual es el propósito de la aplicación, pues ningún ser vivo ha visto la totalidad del código, nadie recuerda con qué fin se hizo la aplicación ni saben por que la mantiene, solo saben que es lo que hicieron sus padres, y los padres de estos. Cada uno de los actuales programadores estuvo sentado al lado de sus progenitores aprendiendo su tarea, y cada uno de ellos tiene a su propia descendencia aprendiendo a hacer su trabajo para continuar la tarea. Y así, incansables, y con la única tarea que conocen se vuelven sobre sus pantallas y siguen picando código, sabedores de que su tarea es importante, quizá la más importante que existe, pues nunca han salido del sótano donde viven y para ellos no hay nada más allá, no hay opciones de salir, de explorar, de conocer… ni tampoco desean hacerlo: su vida está marcada por sus monitores y sus teclados, los nuevos requisitos llenan sus cerebros y la metodología que aprendieron desde pequeños les mueve hacia un único objetivo: el programa. Lo único que saben, lo único que les importa, es que cada cierto tiempo aparecen nuevas instrucciones, nuevas tareas y necesidades para el programa. No saben quien las envía, ni por qué.

Pero el programa nunca estará terminado, porque sobre ellos el resto del edificio se mantiene, y en él habitan hombres de traje y corbata que entre las reservas de whisky de toda la humanidad viven creando nuevos requisitos y modificaciones a un programa del que olvidaron su función.

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